262 Los frutos de un árbol

Un árbol se encontraba muy feliz porque llegaba su temporada de florecer y después, muchas de esas flores se convertirían en frutos. Orgulloso pensaba para si mismo, estos son los frutos de un árbol.

 

El árbol estaba listo, se sentía fuerte, las condiciones eran propicias, había llegado el tiempo de renovarse y dar cabida a pequeños frutos.

 

Cada año era similar pero él sabía que cada temporada era diferente porque los frutos eran nuevos y especiales, cada uno tendría una misión especial que cumplir.

 

Al paso de unos días había mucho bullicio en su hogar, todos los pequeños frutos estaban en plena actividad.

 

Algunos eran muy expresivos ya que su transformación era rápida y colorida, mientras que otros parecían quedarse dormidos un poco más y esperar a mejores condiciones. Aun así todos parecían convivir muy bien entre sí expresando sus sueños y anhelos.

 

Unos decían, cuando sea maduro voy a alimentar a una persona, me fusionaré con ella y le proporcionaré muchos nutrientes, será una forma de vivir otra vida diferente.

 

Otro más dijo, yo quiero viajar, quiero conocer otros lugares y también me fusionaré en algún momento con alguien pero será en otro país.

 

Uno muy sabiendo dijo, he sabido que puedes transformarte en pastel o en otras delicias culinarias, quiero hacer eso. Otro más dijo, yo quiero ser como mi padre árbol, seré como él y me fusionaré con la madre tierra.

 

Todos hablaban de lo maravilloso que sería lograr eso que deseaban en su vida, mientras tanto el padre que regularmente permanecía en silencio solo se concretaba en danzar con el viento y sentirse muy feliz por tener tan bulliciosa compañía.

 

Disfrutaba cada momento como si fuera lo único importante en la vida, y en realidad para él lo era, lo más importante que tenía era ese instante, solo eso, así son los frutos de un árbol, meditaba y disfrutaba.

 

Un fruto tímido le dijo al padre en voz baja, yo quiero quedarme aquí por siempre, deseo que pasen las estaciones y hacerte compañía. El fruto expresaba eso en palabras, pero en realidad le daba miedo irse por eso eligió decir que quería quedarse.

 

El padre que se mantenía en silencio le habló diciendo. Hijo me hace muy feliz que desees acompañarme pero he de decirte que tu misión es vivir tu vida al igual que tus hermanos, tienes que experimentar, conocer y sentir.

 

En este momento éste es tu hogar pero llegará el tiempo en que debas elegir un hogar para ti, el que tú decidas.

 

El fruto se puso triste y dijo ¿Padre en verdad deseas que me vaya? El padre árbol cariñosamente le responde, en verdad poco importa lo que desee, importa lo que tú deseas, lo que harás con tu vida.

 

Si decides quedarte está bien, pero solo te advierto que permanecer por demasiado tiempo hará que cambien tus propiedades y tal vez te desagrade en lo que te conviertas.

 

El fruto aferrándose más a la rama dijo, me quedaré, me aferraré tanto como pueda y tu me cuidarás ¿Verdad? El padre le dijo, siempre lo haré, pero llegará un momento donde tendremos que separarnos.

 

El hijo en silencio expresó firmemente, no me importa, yo aquí me quedaré, me siento seguro.

 

Los días pasaron y el bullicio poco a poco fue cesando, hasta que el fruto que decidió quedarse estaba solo, al principio tuvo deseos de él también irse.

 

Al ver la emoción de los demás, estuvo a punto de tomar la decisión pero dijo, me quedaré, todo me importa poco, está decido.

 

El buen clima se transformó en ventiscas, pero entre más fuerte el viento soplaba más se aferraba, las primeras tempestades las enfrentó sin problema pero de pronto comenzó a ver que su piel de ser fresca y de color uniforme, daba muestras de unas manchas oscuras y cada vez más cubrían su cuerpo.

 

Se quejaba ante su padre diciéndole que todo era por su culpa, porque él debía haberlo obligado a partir, ahora se estaba transformando en algo que él no deseaba ser, él solo quería permanecer ahí para hacerle compañía.

 

El fruto lloraba inconsolable y decía que no quería volverse un fruto oscuro y marchito, ahora ya nadie lo querría, era un viejo sin vida, sin sabor, sin nada.

 

Durante todo ese tiempo el padre árbol mantenía un gran silencio. Hasta que un día el fruto se aburrió de reclamar, se cansó de estar queriendo sostenerse lo cual le costaba cada vez más trabajo.

 

Un buen día decidió rendirse, pensó que ya había luchado mucho, que ya no tenía fuerzas para nada, su cuerpo era delgado, oscuro y sin vida.

 

Nada tenía importancia, debió haberle hecho caso al padre, su destino le esperaba en otra parte muy lejos de ahí donde hubiera tenido mayores posibilidades pero ahora era demasiado tarde. Así que se dejó caer y ligero cayó sobre la hierba que amortiguó su caída.

 

La madre tierra lo abrazó y le dijo, no te preocupes, regresarás para hacerlo mejor, todo está bien.

 

Moraleja: El árbol puedes considerarlo como Dios, tu padre, tu jefe o cualquier persona a la que te aferras vehementemente.

 

Sin embargo, todos somos temporales, entre más te aferras a algo más te alejas de tu destino, el cual está fuertemente ligado a tu crecimiento, pero debes partir para conocer, para experimentar y solo así podrás lograr tu misión de vida.

 

Entre más te aferres a las personas o a las cosas materiales, más te adhieres a tu estado de confort y menos feliz eres, porque cada vez quieres más comodidad y menos riesgo a ser tú, a ser feliz.

 

Tus seres queridos y eso a lo que tanto te aferras si lo dejar ir, en algún momento si así debe ser, regresará a ti con una conciencia y valor diferente. Nunca nada se pierde para siempre.

 

Aprendizajes del día:

  • El que nada arriesga lo pierde todo
  • Nunca nada se pierde para siempre
  • Arriesgarse a ser tú, es arriesgarse a ser feliz
  • Entre más te aferras a algo más te alejas de tu destino
  • Todo lo que se aleja de ti, tarde o temprano regresa a ti
  • Por sus frutos serán conocidos

 

 

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